depresión funcional: cuando la autoexigencia sostiene lo que el alma ya no puede

Hay depresiones que no se notan.
No lloran en público, no faltan al trabajo, no detienen la maquinaria.
Son depresiones que cumplen.

Personas que funcionan, producen, sostienen, resuelven. Personas que “pueden con todo”, incluso consigo mismas.
La depresión funcional se esconde detrás de agendas llenas, logros visibles y una autoexigencia que no da tregua. No paraliza: desgasta. No grita: susurra. Y por eso, muchas veces, tarda años en ser escuchada.

La cultura suele asociar la depresión con la caída, el quiebre, la imposibilidad. Pero hay otra forma, menos evidente y quizá más cruel: aquella en la que el cuerpo sigue en marcha mientras la vitalidad se apaga lentamente. Se hace lo que hay que hacer, se responde, se llega, se rinde. Mientras algo adentro se va vaciando.

En las personas con alta autoexigencia, la funcionalidad se vuelve identidad. No es solo lo que hacen: es quiénes son. Valen en la medida en que cumplen, responden, no fallan. Descansar genera culpa. Detenerse parece peligroso. Aflojar equivale a perder valor.

No es ambición lo que las mueve, sino miedo.
Miedo a fallar, a decepcionar, a no ser suficientes. Miedo a que, si paran, todo se derrumbe.

Por eso siguen. Incluso cuando están exhaustas. Incluso cuando el cuerpo avisa. Incluso cuando el deseo ya no aparece.

Los síntomas existen, pero se camuflan: cansancio persistente que no se va durmiendo,
anhedonia silenciosa —nada entusiasma, pero todo se hace—, irritabilidad contenida,
desconexión emocional, sensación de vivir en automático.

Desde afuera, nadie sospecha. Desde adentro, muchas veces tampoco. Porque “hay gente peor”, porque “no me falta nada”, porque “yo puedo”. Y “así es la vida”.

Hasta que algo irrumpe.

A veces no es una crisis espectacular. A veces es una escena mínima, inesperada, casi banal. Una frase dicha por alguien que no nos conoce, pero que nombra lo innombrable.

El año pasado fui a ANSES a averiguar sobre mi jubilación. La empleada miraba la pantalla y, de pronto, me dijo:
—Acá figuran aportes en cuatro años de dos empresas diferentes por trabajo de jornada completa. ¿Puede ser un error?

—No —respondí—, no es un error. Tenía dos trabajos.

Me miró otra vez:
—¿Dos trabajos de ocho horas? ¿Trabajabas dieciséis horas por día?

Y yo, con una mezcla extraña de orgullo y costumbre, le dije:
—No… a veces trabajaba dieciocho o más.

Levantó la vista, me miró fijo y dijo:
—¿Quién en su sano juicio trabaja tantas horas? Más cuando veo que no tenías hijos a cargo…

No respondió nadie más.
Y algo se quebró.

Se me hizo un nudo en la garganta. Me fui. Subí al auto. Y ahí apareció, nítida, esa versión mía, con poco más de veinticinco años: trabajando al extremo todos los días, empujándose más allá de cualquier límite, sin preguntarse nunca por qué ni para qué.

Y entonces lloré. No de cansancio. De reconocimiento.

Ese día me escuché. Me di permiso para habitar la fragilidad.

Y entendí que haber podido no significa que haya estado bien ni el cansancio ni lo transcurrido.

Las personas con depresión funcional suelen llegar tarde al cuidado. Porque no sienten que “tengan derecho” a estar mal.

Pedir ayuda, para ellas, implica renunciar a una identidad: la de la que siempre puede. Y eso asusta.

Pero hay una salida. No rápida ni heroica. Una salida humilde.

Empieza cuando se cuestiona el mandato del rendimiento. Cuando se valida el cansancio. Cuando se acepta que el límite no es fracaso, sino humanidad.
Cuando se aprende —de a poco— a descansar sin justificarse.
Cuando se vuelve a preguntar qué se desea, y no solo qué debe hacerse.

Este escrito es para quienes funcionan, pero están agotados. Para quienes sostuvieron tanto que se olvidaron de sí.
Para quienes se reconocen en estas líneas, aunque todavía no se nombren.

Nombrarse lleva tiempo.
A veces empieza así: con una frase ajena que nos devuelve una verdad, con un llanto en soledad, con la decisión silenciosa de empezar a habitar la fragilidad y buscar ayuda.

Y eso, aunque no lo parezca, ya es un acto profundo de valentía.

Deja un comentario

Carrito de compra
Scroll al inicio